En tales situaciones

Más allá de los árboles infestados de luces, se encontraba una pequeña niña sonriéndole a los pájaros; les decía que no pasaba nada, que todo estaría bien, mientras la cortina de humo ahogaba. Volaron. Se perdieron en una inmensa nube oscura, justo antes de que empezara a llover. Los que nos oxidamos necesitábamos salir y guarecernos. Fuimos testigos del salto al abismo que dieron aquellas personas al mismo tiempo, y eran como decenas de miles de flores, cayendo a la vez. Muchos vivimos, pocos estamos respirando, ninguno late. Busqué refugio en la luna más cercana y no me dejó pasar. Me dejaron sin opciones y me oculte en la cima de una montaña, aquella que tenía la sonrisa más clara. Acércate, me dijo, a lo mejor se escuchan pájaros en el árbol que aserraste. Introduciré mi brazo entero y buscaré un poco de tierra fértil. Poco vive en este momento, tal vez es nuestro pensamiento lo último que queda de nosotros; todo se lo dimos a ellos. Ya las olas dejaron claro que mi cuerpo se fundirá con ellas hasta que se aplaque la ira del mar. Dicen que mañana amanecerá nublado y despertaremos juntos, pero con frío, y, al mirarnos, dudaremos de quiénes éramos al principio. Mañana será la luna madre la que se precipite románticamente sobre la tierra, pero se despedazarán ambas, al colisionar.

Creo que andábamos muy perdidos como para escucharnos, aún cuando nos llamaron con la trompeta de guerra del coronel. ¿Dónde está mi esperanza? Por ahí debe andar ella: disfrazada de gato, merodeando por la casa de alguno que no sabe que es un ratón inocente. Así de fuerte me sujetarás la mano y me pedirás saltar contigo al andén cuando se aproxime el tren, susurraba. Me gusta cuando flotas, decía. Me gusta que sólo tú escuches mi voz cuando muevo los hilos que te sujetan en el vacío que crece en mi mente. La amaba. Mientras observaba el tumor del mundo, en toda su mitad, en lo alto de ésta gran muralla de tierra, escuché una dulce voz, mágica: mírate toda esa ira. Tan púrpura. Tan surreal.  Bésala, me dije, como si luego no se esfumara. A lo mejor mañana ya no te escuches, cuando solamente sea tu espíritu el que se levante del suelo. Ella sonrió, no pensaba que hubiese una vida que pudiera hacer tal gesto a tal altura y en tales momentos, a tales años. En tales situaciones. Era tal la luz que desprendía, que los caballos dejaron en paz el pasto y voltearon a buscar nuestras sombras con sus miradas de piedra. Y muy por allá, muy a lo lejos, andaba el sol muerto, que por aquí ya no pasa, que ya no existe su calor. Me sujetó la mano y luego, lentamente, cerró sus ojos y murmuró: deja que sean las mariposas las que recorran tus manos. Deja que hagan su nido en tu memoria, entonces su reina te hablará de mí. Luego, en la mitad de un parpadeo, ya nos encontrábamos flotando en otro planeta. Caía observando el atardecer. Lo más hermoso que había visto en mi vida fue el atardecer en sus ojos mientras me miraba caer en ese mórbido mundo. Y aun así, sonreía, y su luz iluminaba mi lenta caída. Ella es la evidencia de que la lluvia no siempre cae en gotas de agua, que no todo deja de existir.

El fuego consumió mi cuerpo al sonreírle al mundo. Al elevarlo. Por primera vez, una sonrisa. Por primera vez, luz. Luego fui a empujar la luna suavemente de vuelta a su lugar cuando se dejó acariciar y, todo lo necesario para comenzar de nuevo, nació de aquel gesto; de una simple pizca de felicidad. El precipicio estará dispuesto a regresar pero sé que esta vez estarán dispuestos a saltarlo, hasta su otro borde. Volver hacia aquel planeta fue lo primero que mis pies desearon hacer, aun cuando estaban quemados. Aquella luz fue la única razón por la cual mi vida quiso seguir levantada. Estaba ahí, en aquel océano, mientras los peces bailaban a su alrededor y ella bailaba al mismo ritmo. A veces se me olvida que eres tú la que me volvió una marioneta, y es que me has enredado los hilos cuando me hiciste volar, le dije. Me pidió mi mano cuando me negó su corazón. Poco a poco, me sumergía en aquel océano, no sentía nada; estaba sobre lo que parecía ser agua, pero aun así, no nadaba. Me sostuvo la mano y mi corazón dejó de latir junto al suyo. Quizá no te conozco porque no recuerdo nada de lo que la reina me ha descrito sobre ti, le dije. Nadie nos escucha y por eso somos libres, no hace falta conocer nuestro lado humano, respondió un poco antes de que el silencio dominara nuestros sentidos. Nunca nadie me dijo que tu silencio mordía, dijo la boca húmeda que a ratos besaba y, que al segundo, desaparecía.

Todos aquellos que creen que las luces en el cielo son fenómenos inexplicables, deberían de venir a mirarlas desde su jardín, que es ahí donde nacen para ustedes. Alguna huella habrá quedado todavía en la arena, porque ella caminaba un poco, antes de echar a volar.

Anuncios

Epitafio

Mis últimas palabras no son mis últimos significados.

Hay algo de volver a casa en esa lluvia
Sobre el mar;
La ola nos trajo algo de fondo a la orilla.
Las palabras se las llevó el viento,
No sé si en orden.
El paisaje quiere entrar,
Errar, ver tu fotografía:
Ansía dejar el afuera;
¡Quisiera poder admirar!
Dice, con cierta alevosía.
El cansancio es una palabra de peso
Que rompe.
Algo se duerme en el sueño al despertar.
Se compone.

El sueño me llevó a ser una quietud viajera
Pero la grieta fue el inicio de la reconstrucción.
El reloj me está marcando en las horas:
Sólo fue un gran insomnio
La vida que parió.
La noche trajo luego tus rostros
Como astros que son uno:
Ninguno poco latente:
Aparentemente son humo,
Me sumo a lo creciente.
Me esfumo.

Cae esta tarde como un árbol de luz que se deshoja;
De este lado era mi premio.
La cura.

Propiedad

Soy el único despierto en esta casa y, sin embargo, este silencio no se parece al mío.

Me levanté tan despierto y alerta que eso que escucho debe ser el día que ronca mientras duerme;
Canta el grillo como luz que se oye sin un destello.
Una vez brillé. Brillé tanto que quemé sus ojos y me volví a apagar.
Hay un arcoíris en la garganta del diablo.
Sé de esas visitas nocturnas,
De esas que guardas entre los bolsillos.
De esas que ocultas entre pestañas.
Claro que siento un vacío dentro,
En él planeo mis vuelos.
Allá, tras la curva equivocada se levanta esta ciudad.

Soy un edificio abandonado;
Ya hay óxido sobre mis nervios,
Por mente un baldío en donde otros pensamientos vienen a jugar;
La soledad es un espejo en el que el reflejo está de espaldas:
Me hice consciente del mecanismo y ya no supe respirar.
No era hablar solo,
Era buscar un lenguaje.
Quedarse observando la luna no es quedarse;
La noche no es una casa, pero trae sus puertas.

Una vez dibujé su rostro sin lápiz ni papel,
A oscuras,
Siguiendo el rastro del aroma de su piel;
La punta de su lengua fue un puente inconcluso.
Y es que está ella,
Luego la ventana:
Entonces dos ventanas;
Entonces el paisaje dentro.
Los rotos dejan trozos,
Los poetas dejan trazos,
Los que somos ninguno solemos ser como humo
Quebrantados en los pasos.

Recuerdo que la sueño y algo de la vigilia merma.
Cuervo desnudo esa sombra que queda
Al amanecer;
Está tan nublado que salir es entrar.
Paso por tu rostro antes de caer en el mío,
Como venir de un astro
y caer por entre un río.
Despertar,
Lo lejos y su frío.

Me invita a pasar y no puedo,
Si ya no tengo puertas que cerrar.
Si ya no hay casa que habitar.

Niñez

¿Por qué abandonas al transeúnte que, recostado, reemplaza a la luna en aquel charco?
Ahora que soy hombre
Mis anhelos sujetan mis párpados,
Y no me veo reflejado ni en aquel ni en algún otro charco,
¿Por qué saltas aquella fila de hormigas que cerca se encontraba de tu pisada?
Ahora que soy hombre
Mis sueños sujetan mis talones,
Y no necesito ni de hormigas
Ni de algún otro hombre
¿Cómo llegaste a abandonar la mano de aquella adorada?
Ahora que soy hombre
Los reflejos sujetan mis manos,
Y necesito para arreglar mi presencia
Tanto de uno como de otro lado
¿Y qué ha sucedido con la liviana mujer cuyo apellido le otorgaste?
Ahora que soy hombre (uno real)
La sangre ataja mis decisiones,
Y ni la de mis raíces ni la de miles superan aquella que derrama mi iris
¿En dónde se encuentra aquella mujer que te dio nombre entonces?
Ahora que soy hombre (uno verdadero)
El porvenir sujeta mi cuello,
Y no le permito doblarse
Pues demasiadas curvas se encuentran bajo mi deseo.

Perspectiva

Es preferible evitar el tráfico inútil de esas cosas que componen el tedio social. Desde cierta perspectiva, todo esto no es más que una larga colección de heridas; la rebelión del hombre consiste en permanecer vivo a pesar de las evidencias. Uno mira entonces el mundo con curiosidad: ese aullido. Después de adoptar ciertas maneras de pensar, todo lo demás parece un trámite insoportable para ganarse el derecho a desistir; a veces, es demasiado tarde para darse por vencido. Aún así hay quienes guardan esperanzas. No importa de qué. Sólo queda pedirse perdón a sí mismo, para disfrutar el placer de negarlo y después echarse a reír, como buenos enemigos. Habrá que arrancarse hasta con los dientes las ganas de tener sentido.

Un mundo que ya no sustenta, que es una voz sellada que condena. El mundo mira con hostilidad y asco. Devuelva la mirada. No es cuestión de perspectiva, sino de honestidad. Pero en fin, aún la bestialidad se consume. La angustia agujerada que gira y rompe. Tiempo, quizá. Sobre nuestras sienes bailará el sonido del último disparo, y nada más.

El desprecio tiene su origen en el espejo. Soy mi propio espectador, y no me aplaudo.

 

¿Hacia qué lugar podrías huir, Señor, si en toda tu larga vastedad no existe ni una sola dirección?

¿Dónde vas a esconder ahora tus errores?

Tú, que nunca fuiste mi padre.

Tú, que me entregaste este cuerpo deshecho.

Tú, que te niegas a existir.

¿De qué nos querías salvar cuando enviaste a tu hijo a suicidarse en manos ajenas?

Me verás en tus tribunales, Señor, y recordarás las piedras que lancé contra tus altares.

¿Me escupirás entonces?

Desde tu trono todos somos mendigos.

Palabras que son arquitectas de ciudades

Una mesa de luz, un vaso de agua y las astillas con las que me voy a dormir. Después de todo, nuestra existencia no era mayor a un temblor de hoja. A un silbido del viento. Me quedé sin palabras y con la boca abierta.

El día estaba libre, pero el preso era yo. No saber qué cara llevar, desde qué lugar hablar, qué costado mostrar. Llevarse desarticulado y armarse para la ocasión. No puedo dormir en este segundo; el silencio pesa más de lo normal. Cada noche, a la orilla de mi techo, una marea de humo que sube. La ola de ruidos rompiéndose en la nada. Días viciados, vaciados. Aprovecho mi propia distracción y, entonces, me abandono en una esquina. Sacar clavos con otros clavos hasta despedazar la madera. De eso se trata. Te empujan quién sabe de dónde hacia la vida.

Ya nacemos desterrados.

Los nuevos Cristos

Aquí están los nuevos Cristos, coronados con la espina de la locura, envenenados con el vinagre de la vida, latigando bocas con hambre e ingenuas verdades. Nos llevan a navegar entre las mil y un posturas siguiendo las instrucciones, para al fin de todo, retornar a la misma. Lo que hemos sido carece de importancia. No inclinaban la frente. Eran simples desafiantes, buscadores de cuerpos que no recuerdan que nosotros, los condenados, también tenemos corazón. Voluntad. La ilusión más nefasta es aquella bajo la cual los gobiernos, panfletarios del moralismo, pretenden un orden adecuado a su propia ilusión. Las palabras ya me las han robado, desde muy pequeño. Todo parece arrastrado por la misma fuerza que inicia y acaba las cosas del mundo. Animales ahogados, balas que atraviesan cráneos, contratos que secuestran sueño. Hijos de un Dios avaro.

Nunca sabemos qué mundo se construye mientras estamos de espalda, pero sí sabemos cual se destruye frente a nosotros; el deber es simple. Nos hemos hecho sombra en la oscuridad. La crueldad, el sinsentido de la muerte, la arbitrariedad de la estupidez, el miserable valor de la vida y el miserable valor de uno mismo. Estoy buscando una buena excusa, algo que pueda creer sin hacerme demasiadas preguntas, pero no se puede vencer a la inercia; uno está condenado a pisar siempre las mismas preguntas. Con el tiempo, todo lo que a uno le rodea se vuelve inoportuno, y es cuando se comprende el fin de la vida. Entonces se vuelve hacia dentro de nuevo, como una navaja clavada en la arena. Desvistámonos y empecemos a escupir palabras, desde las entrañas. Ya no hay otra forma de decir las cosas. No sé lo que es el presente. Vivo entre lo posible y lo improbable, en el limbo del tiempo.

Un aplauso a este gran paraíso de cobardes. Brindemos por todos los silencios, por todos los abismos que hemos convertido en morada para cuervos.